Por Alessandra Correa

El mundo de los negocios es sin duda uno lleno de grandes desafíos para todos aquellos que decidimos recorrerlo y más aun para los que empezamos jóvenes en esta travesía. Desarrollar, operar y crecer una empresa requiere tanto de nosotros que hasta cierto punto nos sentimos privados de muchas cosas.  Vivimos con la constante presión de no descuidar nuestras empresas porque el precio que pagamos es muy caro.

En el caso de las mujeres empresarias tenemos otro tipo de luchas, pues en algún punto de nuestras vidas llega una decisión muy transcendental: Convertirnos o no en madres a sabiendas de cómo es nuestro día a día.

Por muchos años sopesé la idea de la maternidad y les confieso que nunca tuve la certeza de querer convertirme en madre. Son muchas las interrogantes, presiones, miedos y sobre todo dudas que enfrentamos al momento de decidir dar este paso en la vida. Más aun cuando eres una de esas mujeres que te has educado, quieres vivir, viajar, tener libertad y ante todo quieres tener flexibilidad.

En mi mente, sencillamente no lograba integrar la maternidad sin tener que sacrificar algo. Mientras más lo pensaba y analizaba, menos me atrevía a dar el paso. Yo era la primera que dudaba de mi capacidad de poder dividirme, de lo egoísta que era con mi tiempo, con mis metas y de cómo me sentiría cuando no pudiera tener el tiempo y enfoque que conlleva liderar una empresa. Miraba a las madres allegadas a mí y me preguntaba una y otra vez ¿Cómo pueden manejar esta responsabilidad 365 y 24/7?

Fue entonces cuando el destino se jugó las cartas y decidió por mí. En diciembre de 2017 supe que dentro de mí crecía un ser.  Todavía intento internalizar la noticia, pero el tiempo no espera. En julio de 2018, a mis 33 años y en el momento más importante de mi carrera empresarial, me convertí en la madre de Isabella, ante la mirada atónita de todo el que me conoce y sabe cuán enfocada estaba en seguir creciendo mis empresas.

Todo lo que cuentan del momento en que nos convertimos en madres es tan cierto: no hay un momento más especial en la vida de aquellas que somos madres que conocer al amor de nuestras vidas.  En ese momento entendí que todo por lo que había estado trabajando hasta este momento tomaba un matiz distinto. Que automáticamente mis prioridades cambiaron, que ahora mi fuente de INspiración es otra. Más importante aún, descubrí que el día que nos convertimos en madres nos llegan súper poderes para enfrentar cualquier desafío y que aquello que antes parecía imposible hoy es real.

El día que nos convertimos en madres nace a su vez una versión mejorada de nosotras mismas. Nos pasa una película de nuestras vidas, nuestros aciertos, nuestras decisiones, nuestros defectos y virtudes y nace a su vez un deseo genuino de mejorar en todos los aspectos. Nos retamos una y otra vez a regular nuestros excesos y transformarnos.  Es un desprendimiento total y absoluto que nos nace de corazón y que nunca nos pesa.

Pero mi gran lección en todo esto apenas la internalizaba. Un hijo jamás nos detendrá y no tiene porqué estar reñido con nuestro éxito profesional. Todo lo contrario, un hijo saca lo mejor de nosotras en todas las facetas de la vida. La maternidad es una etapa de transformación tan absoluta y repentina que cuesta trabajo internalizar todos los cambios, pero que al final te empuja a experimentar lo hermoso de la vida.

Aunque no soy tan vocal con mi vida privada como lo soy con los negocios, he decidido contarles un poco de mi experiencia con la intención de romper muchos estereotipos que hay allá afuera sobre la maternidad en mujeres empresarias y ante todo demostrarles que la maternidad suma propósitos genuinos a nuestras carreras profesionales y nuestra felicidad.

¡Dar vida es un enorme privilegio del que siempre estaré agradecida!